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Por qué Asunción no es una ciudad inteligente todavía

Medellín tiene un sistema de teleféricos públicos que conecta barrios pobres con el metro. Seis líneas, 14 kilómetros, 22 millones de pasajeros al año. La línea K costó 26 millones de dólares en 2004 y redujo un viaje de dos horas y media a 30 minutos. Los barrios que conectó registraron una caída medible de la criminalidad, documentada en el American Journal of Epidemiology. Medellín ganó el premio Lee Kuan Yew de Singapur en 2016, fue declarada la ciudad más innovadora del mundo en 2013, y hoy su empresa pública de servicios —EPM— transfiere cientos de millones de dólares al año a las arcas municipales.

Asunción no tiene metro. No tiene metrocable. No tiene BRT. No tiene semáforos inteligentes. No tiene sistema de monitoreo de tráfico. Tiene 2,5 millones de habitantes en su área metropolitana —un tercio de la población de Paraguay— y el único sistema de transporte público que existe son buses privados, viejos, sin GPS, sin frecuencia fija, sin integración tarifaria. La velocidad promedio del tráfico en hora pico es inferior a 15 kilómetros por hora. Un viaje en bus toma 81 minutos de promedio. El 62% de los viajes se hace en auto particular. Paraguay es el único país de Sudamérica sin servicio de trenes de pasajeros operativo.

Este artículo no es una condena. Es un diagnóstico.

Lo que una ciudad inteligente hace (y lo que cuesta)

Una smart city no es una ciudad con pantallas y WiFi gratis. Es una ciudad que usa datos para operar sus servicios —transporte, energía, residuos, agua, iluminación— de forma más eficiente que si no los usara. Los tres componentes más comunes son iluminación inteligente, transporte inteligente y vigilancia urbana, que juntos representan las tres mayores áreas de gasto en ciudades inteligentes del mundo, según estimaciones de la industria.

Barcelona ahorró un 30% de energía con iluminación LED adaptativa y sensores de estacionamiento, con un retorno estimado de 75 millones de euros al año. Singapur redujo las pérdidas de agua al 5% —una de las tasas más bajas del mundo— con sensores de flujo en tiempo real y tarifas electrónicas de congestión que bajaron el tráfico pico entre un 15 y un 25%. Copenhague sincroniza los semáforos para dar prioridad a las bicicletas.

En América Latina, Santiago de Chile tiene dos mil buses eléctricos —la segunda flota más grande del mundo fuera de China— con un costo operativo de 10 centavos de dólar por kilómetro, contra 43 centavos de los buses diésel. Curitiba inventó el BRT en 1974 y mueve 2,3 millones de pasajeros por día en corredores exclusivos. Medellín demostró que la geografía no es una excusa: sus teleféricos cruzan montañas.

El rango de inversión es amplio. Las ciudades construidas desde cero —como Songdo en Corea del Sur o Masdar en Emiratos Árabes— costaron decenas de miles de millones de dólares y no cumplieron sus promesas. Songdo tiene 167.000 habitantes pero fue criticada por su diseño centrado en el auto y por no alcanzar la densidad urbana que prometía. Masdar tuvo 5.000 habitantes de los 50.000 proyectados. Las ciudades que funcionan no se construyen de cero: modernizan lo que ya tienen, con inversiones incrementales de decenas o cientos de millones, no de miles.

Asunción, 2026: el estado real de la infraestructura urbana

Asunción no aparece en el índice TomTom de tráfico. No figura en el INRIX Global Traffic Scorecard. No está en el ranking IESE Cities in Motion. No es que salga mal rankeada: es que directamente no se mide.

Lo que se sabe es fragmentario. El 27% de las viviendas de Asunción y el departamento Central tiene conexión a la red cloacal —la más alta del país pero muy por debajo del promedio urbano latinoamericano—. El vertedero de Cateura, activo desde 1984, recibe los residuos de toda el área metropolitana sin separación ni reciclaje documentado públicamente. La calidad del aire registra 18 microgramos de PM2.5 por metro cúbico, más del triple del límite recomendado por la Organización Mundial de la Salud, monitoreado por apenas seis estaciones para 2,7 millones de habitantes. El Paraguay River inunda estacionalmente los bañados —asentamientos informales en la ribera donde viven aproximadamente 55.000 personas, según el último censo disponible, que es de 2002.

El transporte público es el síntoma más visible. No hay autoridad metropolitana de transporte. Los buses son operados por empresas privadas sin obligación de publicar frecuencias, sin GPS obligatorio, sin integración tarifaria entre líneas. El viceministerio de Transporte administra un subsidio al combustible para los operadores en lugar de financiar modernización. El resultado es una ciudad donde viajar en bus toma 81 minutos de promedio y donde casi dos tercios de los viajes se hacen en auto.

La Costanera —15 kilómetros de avenida sobre el río, inaugurada en tramos entre 2012 y 2024 con una inversión total de 21,5 millones de dólares— es la obra de infraestructura urbana más visible de los últimos quince años. Es una ruta de cuatro carriles sin un solo sensor, sin iluminación inteligente, sin carril exclusivo para transporte público. Los domingos se cierra un carril para uso peatonal. Es una buena obra vial. No es infraestructura inteligente.

El MOPC presentó en julio de 2026 un sistema de monitoreo inteligente para el Puente de la Bioceánica —sensores sísmicos, gemelos digitales, acelerómetros en los cables— que es técnicamente el proyecto de infraestructura inteligente más avanzado del país. Está en la frontera con Brasil. No está en Asunción.

Lo que pasó en Medellín no fue magia

Conviene entender por qué Medellín hizo lo que hizo, porque la respuesta no es “tenían más plata”.

Medellín tenía, en los años 80 y 90, una tasa de homicidios de 266 por cada 100.000 habitantes —una de las más altas del mundo—. Pablo Escobar era de Medellín. El Cartel operaba desde la ciudad. La respuesta institucional no fue solo policial. En 1995 se inauguró el Metro, financiado mayoritariamente por el gobierno nacional colombiano. En 2004 se inauguró el Metrocable, pagado en parte con recursos municipales. En 2007 se abrió el Parque Biblioteca España en el barrio de Santo Domingo, uno de los más violentos de la ciudad.

Lo que hizo funcionar ese modelo no fue la tecnología. Fue una empresa pública —Empresas Públicas de Medellín— que genera ingresos por servicios de agua, energía y telecomunicaciones, factura más de 5.000 millones de dólares al año, y transfiere aproximadamente entre 300 y 400 millones de dólares anuales al presupuesto municipal. Medellín no dependió de préstamos del BID para cada proyecto: tenía una fuente de ingresos estable, predecible y propia. Eso le permitió planificar a 20 años.

El segundo factor fue continuidad institucional. El Plan Maestro de Curitiba se adoptó en 1968 y se ejecutó durante tres décadas con cuatro alcaldes distintos. El Metro de Medellín se empezó a planificar en 1979 y se inauguró en 1995. Las ciudades inteligentes no son proyectos de una administración: son proyectos que sobreviven a quien los empieza.

Paraguay no tiene una EPM. ANDE es una empresa estatal que opera con tarifas políticas, no puede transferir utilidades al municipio de Asunción porque es de jurisdicción nacional. La Municipalidad de Asunción tuvo siete intendentes —incluyendo interinos— en los últimos veinte años. El Plan Maestro de la Franja Costera existe como documento. El Metrobús fue anunciado, cancelado y reanunciado varias veces. No hay una sola obra de transporte público masivo construida en Asunción en lo que va del siglo.

Lo que Asunción podría hacer mañana

Una ciudad inteligente no se construye en cuatro años. Pero se puede empezar en cuatro años. El primer paso no es un centro de control con pantallas. Es medir lo que no se mide.

Asunción necesita un sistema de monitoreo de tráfico en tiempo real. No es caro: sensores de conteo vehicular con comunicación celular cuestan entre 2.000 y 5.000 dólares por intersección. Con 100 intersecciones monitoreadas —las principales avenidas del área metropolitana— se puede tener un mapa de congestión en tiempo real por menos de medio millón de dólares. Eso es menos de lo que cuesta mantener un kilómetro de ruta asfaltada durante un año.

El segundo paso es integrar el transporte público. No se necesita un metro. Se necesita una autoridad metropolitana de transporte que obligue a los operadores a instalar GPS en cada bus, publicar frecuencias en tiempo real y aceptar un sistema de pago único. Santiago hizo exactamente eso con Transantiago —y fracasó estrepitosamente al principio, cuando quiso hacerlo todo de golpe en 2007—, pero corrigió y hoy tiene la flota de buses eléctricos más grande de la región. La lección de Transantiago no es “no se puede”. Es “no se puede hacer de golpe”.

El tercer paso es iluminación LED con sensores de movimiento en las zonas de mayor inseguridad. Barcelona documentó un ahorro del 30% en consumo energético y una reducción medible de delitos en las zonas con iluminación adaptativa. En Paraguay, donde ANDE pierde una fracción significativa de su energía en pérdidas no técnicas, la iluminación eficiente tiene sentido operativo y fiscal. El costo de reconversión de una luminaria convencional a LED inteligente ronda los 300 a 500 dólares por unidad.

Ninguno de estos tres pasos requiere un préstamo del BID. Ninguno requiere tecnología que no exista. Ninguno depende de que el gobierno nacional apruebe una ley. Todos requieren lo mismo: una autoridad municipal o metropolitana con la continuidad institucional para ejecutarlos más allá de una elección.

Paraguay está construyendo centros de datos de inteligencia artificial, nubes soberanas y campus de GPU de 100 megavatios. Es razonable preguntarse si la ciudad que aloja todo eso merece, por lo menos, un semáforo que sepa cuántos autos están pasando.

Leé el análisis completo sobre tecnología y ecosistema en la guía de inteligencia artificial en Paraguay.

Fuentes

CS

César Sánchez

Analista de inteligencia artificial desde Paraguay. Consultor en automatización con IA generativa, anotación de datos y desarrollo de soluciones basadas en IA. Creador de muchotexto.net.