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Starlink ya conecta a 20.000 paraguayos donde la fibra no llega

En octubre de 2023, la Comisión Nacional de Telecomunicaciones de Paraguay aprobó la licencia de una empresa que ningún paraguayo había usado todavía. Se llamaba Starlink, pertenecía a SpaceX, y prometía llevar internet de alta velocidad a cualquier punto del país mediante una constelación de más de 5.000 satélites —hoy son más de 10.000— orbitando a 550 kilómetros de altura. En diciembre de ese mismo año, los primeros kits llegaron a Paraguay. En julio de 2026, el presidente de CONATEL, Juan Carlos Duarte Duré, confirmó la cifra: casi 20.000 usuarios activos, la mayoría en el interior del país, donde la fibra óptica no llega ni va a llegar en los próximos años.

Starlink funciona. La pregunta que este artículo explora es si funciona para lo que Paraguay necesita.

El lanzamiento fue rápido y sin fricción regulatoria. CONATEL aprobó la licencia en octubre de 2023, Paraguay se convirtió en uno de los primeros países de América Latina con Starlink disponible, y para fin de ese año la empresa ya estaba enviando equipos. A julio de 2026, el costo mensual ronda los 53 dólares —aproximadamente 327.000 guaraníes— y el kit de hardware cuesta unos 493 dólares. Los envíos en área metropolitana salen 22 dólares adicionales.

En el contexto latinoamericano, Paraguay está en el tercio medio-alto de la tabla de precios. Brasil paga 35 dólares por mes, Argentina 38, Chile 50, Perú 49. Paraguay es aproximadamente un 50% más caro que Brasil y un 40% más caro que Argentina. La diferencia responde al costo logístico de operar en un país sin salida al mar y con aduanas que no son conocidas por su eficiencia, pero también a la ausencia de competencia directa: en las zonas rurales donde Starlink opera, la alternativa no es otra empresa de internet satelital —es no tener internet.

En julio de 2026, CONATEL autorizó a Starlink a operar con potencia por encima de los límites establecidos por la Unión Internacional de Telecomunicaciones, convirtiendo a Paraguay en uno de los primeros países del mundo en aprobar ese aumento. El resultado técnico es una multiplicación por ocho de la capacidad de la red en el país, con velocidades que pueden alcanzar un gigabit por segundo. Para ponerlo en contexto: la velocidad promedio de internet móvil en Paraguay era de 19 megabits por segundo en enero de 2025. Starlink, con la nueva autorización, puede ser 50 veces más rápido que el promedio móvil paraguayo.

La cifra global también impresiona. SpaceX facturó 11.400 millones de dólares en 2025 con Starlink, tiene 12 millones de suscriptores en todo el mundo y opera más de 10.000 satélites —el 75% de todos los satélites activos que maniobran en órbita terrestre. Paraguay es un punto chico en ese mapa, pero es un punto que tres años atrás no existía.

La mitad del Paraguay que la fibra ignora

El 83% de los paraguayos tiene acceso a internet. Es un buen número para América Latina —mejor que Bolivia, mejor que Perú, mejor que Venezuela— pero esconde una fractura que los promedios no muestran. Del 17% restante, la mayoría vive en zonas rurales. Paraguay tiene aproximadamente 2,5 millones de habitantes rurales, el 36% de la población. Las comunidades indígenas —140.206 personas distribuidas en 412 comunidades— son las más desconectadas del país: el 51% de los indígenas paraguayos es analfabeto, solo el 9,5% tiene acceso a electricidad y apenas el 2,5% tiene agua potable. Sin electricidad no hay router. Sin alfabetización no hay usuario.

El Chaco paraguayo ocupa el 60% del territorio nacional y alberga a menos del 4% de la población. Son aproximadamente 100.000 personas en un territorio más grande que Grecia, dedicadas mayoritariamente a la ganadería extensiva y, cada vez más, al cultivo de soja. Las distancias son enormes, la densidad poblacional es ínfima y el tendido de fibra óptica no tiene sentido económico. Ninguna empresa va a enterrar cable para conectar a 50 personas a 200 kilómetros del pueblo más cercano. En el Chaco, Starlink no compite con Tigo ni con Personal: compite con la nada.

Pero incluso donde Starlink está disponible, hay una barrera anterior a la conectividad. En las comunidades indígenas del Chaco, nueve de cada diez personas no tienen electricidad. Una antena Starlink consume entre 50 y 75 vatios —el equivalente a un foco incandescente, pero un foco que necesita estar encendido 24 horas. Sin paneles solares o generadores, Starlink es un pisapapeles de 500 dólares.

Mil seiscientas escuelas conectadas (y lo que eso prueba)

El gobierno paraguayo entendió el problema y actuó. En junio de 2026, el Ministerio de Tecnologías de la Información y Comunicación anunció la donación de 1.600 kits de Starlink para escuelas rurales, con un alcance proyectado de 50.000 estudiantes y docentes en 500 sitios —escuelas y centros de salud. Las primeras 100 antenas se instalaron en el Chaco. Estados Unidos aportó 3 millones de dólares en 2024 para financiar internet satelital en zonas rurales de Paraguay.

El programa es, en escala y ambición, lo más parecido que Paraguay tiene a una política de conectividad universal. Pero 1.600 antenas para medio millar de sitios es un primer paso, no una solución. Paraguay tiene más de 8.000 escuelas públicas, miles de ellas rurales y multigrado —un solo maestro para varios grados en una misma aula—, muchas sin electricidad, sin agua corriente y sin baños. Conectar una escuela que no tiene luz es una hazaña técnica que requiere paneles solares, baterías, inversores y mantenimiento. El kit de Starlink es la parte fácil.

Hay una segunda limitación, más difícil de medir pero más profunda. Conectar una escuela es poner una antena en el techo. Conectar a los estudiantes es poner un dispositivo en sus manos —y enseñarles a usarlo. Paraguay arrastra un déficit de formación docente en competencias digitales que ningún plan de conectividad resuelve por sí solo. Una antena en el techo sin un maestro que sepa qué hacer con ella es infraestructura sin propósito.

Quién apaga el interruptor

Hay un tema que las notas de prensa sobre la donación de antenas no mencionan, pero que cualquier análisis serio de Starlink tiene que poner sobre la mesa. Starlink no es una empresa de telecomunicaciones tradicional sujeta a las regulaciones de un país. Es una división de SpaceX, una empresa controlada por Elon Musk, un hombre que en los últimos cuatro años acumuló más poder político que cualquier otro empresario en la historia reciente de Estados Unidos.

Musk donó 277 millones de dólares a la campaña presidencial de 2024 —la mayor contribución individual registrada—, dirigió el Departamento de Eficiencia Gubernamental entre enero y mayo de 2025 como asesor senior de la Casa Blanca, y en julio de 2025 fundó su propio partido político. Ha mantenido contacto regular con Vladimir Putin desde 2022, según el Wall Street Journal. En Ucrania, Starlink fue literalmente un arma de guerra: Ucrania solicitó el servicio el 26 de febrero de 2022, dos días después de la invasión rusa, y el 28 de febrero las primeras terminales ya estaban operativas. En septiembre de ese año, Musk se negó a activar el servicio sobre Crimea para un ataque ucraniano, argumentando que podía desencadenar una guerra nuclear. En febrero de 2025, Reuters reportó —citando tres fuentes— que negociadores estadounidenses amenazaron con cortar Starlink a Ucrania para presionar un acuerdo de derechos mineros.

En Brasil, en 2024, las cuentas bancarias de Starlink fueron congeladas durante el conflicto entre Musk y el Supremo Tribunal Federal por la suspensión de Twitter/X. La empresa opera en cada país bajo los términos de servicio que SpaceX define unilateralmente. El Pentágono tuvo que firmar un contrato específico en junio de 2023 para evitar que SpaceX pudiera cortar unilateralmente el servicio a Ucrania. Paraguay no tiene ese contrato.

Esto no es una teoría conspirativa. Es el modelo de negocio de una empresa cuyo dueño tiene la capacidad técnica, legal y política de decidir quién tiene internet y quién no, en cualquier país donde opere. Paraguay no es Ucrania. Pero tampoco es irrelevante: está construyendo un centro de datos de inteligencia artificial con Taiwán —el principal adversario geopolítico de China— y Musk tiene intereses comerciales directos con el gobierno chino a través de Tesla, cuya fábrica de Shanghái es la mayor de la compañía por volumen de producción. La pregunta no es si Musk va a cortar Starlink en Paraguay. La pregunta es si Paraguay tiene un plan B para el día en que eso sea técnicamente posible.

Starlink es, técnicamente, el mejor sistema de conectividad rural que existe. Ninguna otra tecnología puede ofrecer 100 megabits por segundo en una comunidad chaqueña a 300 kilómetros de la ruta asfaltada más cercana. En tres años pasó de ser una promesa a ser una realidad: casi 20.000 paraguayos que antes no tenían internet ahora lo tienen, 1.600 escuelas que van a recibir conectividad, 100 antenas ya instaladas en el Chaco. Nada de eso existía en 2022.

Pero Starlink no resuelve la falta de electricidad en las comunidades indígenas, ni la ausencia de docentes formados en tecnología, ni el hecho de que más de la mitad de los indígenas paraguayos no sabe leer ni escribir. Starlink resuelve el problema de la señal. El problema de Paraguay es más grande que la señal.

La conectividad es una condición necesaria para la inclusión digital, pero no es suficiente. Conectar a un paraguayo rural a internet no le da automáticamente las herramientas para usar ese acceso de manera productiva. No le enseña a programar, no le abre una cuenta bancaria, no le genera un ingreso. Lo que hace —y no es poco— es eliminar la primera barrera. Antes de Starlink, para millones de paraguayos no había primera barrera que eliminar: directamente no había internet.

Ese es el cambio real que Starlink introdujo en Paraguay. No resolvió la brecha digital. La hizo visible. Y visibilizar un problema es el primer paso para resolverlo.

Leé el análisis completo sobre conectividad y sociedad en la guía de inteligencia artificial en Paraguay.

Fuentes

CS

César Sánchez

Analista de inteligencia artificial desde Paraguay. Consultor en automatización con IA generativa, anotación de datos y desarrollo de soluciones basadas en IA. Creador de muchotexto.net.