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Anotación de datos para IA: la ventaja silenciosa de Paraguay

Cada vez que un modelo de inteligencia artificial responde una pregunta, traduce un texto o identifica un objeto en una imagen, hubo un ser humano que lo entrenó. Uno que etiquetó datos durante horas por centavos de dólar. Uno cuyo nombre no aparece en ninguna parte. La industria de la anotación de datos —valorada en 3.600 millones de dólares y con un crecimiento anual del 33%— es la cadena de suministro invisible de la inteligencia artificial. Y Paraguay, sin proponérselo, reúne varias de las condiciones para convertirse en un nodo relevante de esa cadena.

La demanda de anotadores humanos ya está creciendo. Cada nuevo modelo de lenguaje, cada sistema de conducción autónoma, cada herramienta de diagnóstico médico requiere datasets etiquetados por personas. La pregunta es si Paraguay puede ofrecer algo distinto a la versión más oscura de esta industria. Esa versión donde los salarios son de hambre, el trauma psicológico es un riesgo laboral y los trabajadores que sostienen la magia tecnológica son invisibles.

La cadena invisible que entrena a ChatGPT y a todos los modelos que usás

El mercado global de anotación y etiquetado de datos alcanzará los 3.600 millones de dólares en 2027, según MarketsandMarkets, con un crecimiento anual compuesto del 33.2%. Si se suma el mercado de datasets de entrenamiento, la cifra escala a 9.580 millones hacia 2029. No es un nicho: es una industria masiva que emplea a cientos de miles de personas en el sur global.

La cadena funciona así: empresas como Scale AI (valuada en 14.000 millones de dólares), Appen (más de un millón de colaboradores registrados) o Sama (3.500 empleados en África Oriental) contratan anotadores en países con salarios bajos para etiquetar imágenes, transcribir audios, comparar respuestas de modelos de lenguaje y moderar contenido. El trabajo se paga por tarea: desde un centavo de dólar por clasificar una imagen hasta 50 dólares por hora para tareas especializadas de RLHF. Los clientes son OpenAI, Meta, Google, Microsoft y los departamentos de defensa de medio mundo.

El arco salarial cuenta la historia geopolítica de esta industria: un anotador en Estados Unidos gana entre 40.000 y 80.000 dólares al año; uno en India, entre 3.000 y 12.000; uno en Kenia, entre 2.500 y 7.000. América Latina ocupa un escalón intermedio: entre 3.000 y 15.000 dólares anuales, con salarios mensuales que van de 120 dólares en Venezuela a 2.000 en Costa Rica. La región representa el 7.3% del mercado global, según DataIntelo, y crece al 29.7% anual, según Grand View Research.

Por qué Colombia, México y Costa Rica ya están en el mapa —y Paraguay no

Colombia lidera el mercado latinoamericano con Medellín como epicentro, gracias a una combinación de talento bilingüe, zona horaria alineada con Estados Unidos y costos entre 40 y 50% por debajo de las tarifas onshore. Empresas como Annotera operan desde allí con anotadores que ganan entre 500 y 800 dólares mensuales. Costa Rica ofrece una fuerza laboral altamente educada con inglés generalizado. México compite por proximidad geográfica y un ecosistema de outsourcing maduro. Incluso Venezuela, con la economía destruida, se ha convertido en una reserva de trabajadores remotos dispuestos a etiquetar datos por 120 a 350 dólares al mes.

Paraguay no aparece en ese mapa. No tiene una industria BPO consolidada, no tiene un Medellín, no tiene un clúster de anotación. Pero esa ausencia —bien leída— puede ser una ventaja. La rotación de personal en los hubs maduros es altísima: los anotadores colombianos y mexicanos saltan de empresa en empresa apenas aparece una oferta mejor, un problema crónico que encarece el reclutamiento y degrada la calidad del etiquetado. En Paraguay, donde el ecosistema BPO es incipiente, una empresa que llegue primero no tendría que competir por el talento contra quince call centers vecinos. Tendría el mercado laboral para ella sola.

Electricidad a cinco centavos de dólar y un país que no compite: compite por ser distinto

Hay un dato que Paraguay no comparte con ningún otro país de América Latina y que es, para esta industria, una ventaja estructural: el costo de la electricidad. Con 0.045 dólares por kilovatio-hora para consumo empresarial, Paraguay tiene la segunda electricidad más barata del mundo, solo detrás de Irán. Un centro de operaciones de 100 kilovatios que funcione 24 horas al día pagaría unos 3.240 dólares mensuales en electricidad en Paraguay, contra 14.600 en Colombia o 11.600 en Perú. La diferencia puede superar los 10.000 dólares por mes.

Esa ventaja energética, que ya está atrayendo centros de datos como Yguazú Digital, se traduce en una ventaja operativa para cualquier empresa que necesite infraestructura de cómputo para procesar, almacenar y servir datasets. Pero el atractivo de Paraguay no termina en el precio del kilovatio-hora.

El país tiene una de las poblaciones más jóvenes de Sudamérica —la mitad tiene menos de 27 años—, con una penetración de internet del 82.9% y una penetración móvil del 132% (más SIMs que habitantes). El 87% habla español, el 90% guaraní. El costo de vida es 54% más bajo que en Estados Unidos: un departamento de un dormitorio en el centro de Asunción cuesta 403 dólares mensuales. El salario mínimo ronda los 370 dólares, lo que sitúa el costo laboral paraguayo en el rango más competitivo de la región, comparable a Bolivia y Perú, y muy por debajo de México o Costa Rica.

Y hay un tercer factor que pocos mencionan: la zona horaria. Paraguay opera en UTC-4, perfectamente alineada con la costa este de Estados Unidos durante la mayor parte del año laboral. Eso significa colaboración sincrónica en tiempo real con clientes de Nueva York, Boston o Miami, algo que México (UTC-6) no puede ofrecer sin desfasar turnos.

El régimen de maquila digital que Paraguay ya tiene y que pocos conocen

Si el costo de la electricidad y la demografía juvenil son las ventajas operativas, el andamiaje fiscal es la ventaja estructural. Paraguay tiene un régimen de maquila —la Ley 1064/97— que permite importar equipamiento e insumos libres de aranceles para procesar y reexportar servicios. El impuesto aplicable es un único 1% sobre el valor agregado nacional. Las empresas bajo este régimen no pagan impuesto a la renta, recuperan el IVA de las compras locales y están exentas de tributos aduaneros.

Una empresa de anotación de datos que exporta servicios hace exactamente eso: recibe datasets de clientes en el extranjero, los procesa con trabajadores locales y devuelve datos etiquetados. Bajo el régimen de maquila, esa operación convierte a Paraguay en uno de los países con menor carga impositiva corporativa del mundo. La tasa general de renta empresarial ya es la más baja de América Latina (10%), pero bajo maquila se reduce a cero. Compárese con el 35% de Colombia, el 30% de México o el 29.5% de Perú.

Paraguay también tiene la deuda pública más baja de la región (19.5% del PIB), un déficit fiscal controlado (1.1%) y un crecimiento del PIB proyectado en 3.8% para 2025, según el FMI. Para un inversor que planifica una operación a diez años, esa estabilidad macroeconómica vale más que cualquier subsidio.

Trabajo fantasma, trauma vicario y el espejo en el que Paraguay no debería mirarse

La oportunidad es real. Pero la industria de la anotación de datos tiene un lado oscuro que ya está ampliamente documentado y que Paraguay haría bien en estudiar antes de celebrar.

En 2023, una investigación de Time reveló que OpenAI pagaba a trabajadores kenianos de la empresa Sama menos de dos dólares por hora para etiquetar contenido tóxico y entrenar a ChatGPT para detectarlo. Los trabajadores describieron la experiencia como “tortura”. Al año siguiente, The Guardian reportó que moderadores kenianos declararon: “Me ha destruido completamente”. La propia CEO de Sama expresó arrepentimiento público por haber aceptado el contrato de moderación de contenido de Facebook, admitiendo que el personal quedó “traumatizado”.

No son casos aislados. La industria de la moderación de contenido —un subconjunto del trabajo de anotación— mueve 9.000 millones de dólares y emplea a decenas de miles de personas en todo el mundo, expuestas diariamente a material gráfico extremo. En 2019, The Verge documentó cómo moderadores de Facebook en Arizona desarrollaron trastorno de estrés postraumático, abuso de sustancias y comportamientos de riesgo. Un moderador murió de un ataque cardíaco tras soportar lo que sus compañeros describieron como “presiones de otro mundo”. Los acuerdos de confidencialidad les impiden hablar sobre sus condiciones.

La antropóloga Mary L. Gray y el informático Siddharth Suri acuñaron el término “ghost work” —trabajo fantasma— para describir esta economía sumergida. Millones de personas entrenan a las máquinas sin que su contribución sea visible: sin beneficios, sin contratos estables, clasificadas como contratistas independientes para eludir cualquier obligación laboral. El geógrafo Mark Graham, de la Universidad de Oxford, advierte que el ghost work crea un “mercado laboral planetario” que fomenta una carrera hacia el fondo en salarios y condiciones.

Hay una alternativa. La Fairwork Foundation, del Oxford Internet Institute, ha desarrollado cinco principios para evaluar plataformas de trabajo digital: pago justo, condiciones justas, contratos justos, gestión justa y representación justa. Sama —la empresa detrás del escándalo de Kenia— obtuvo 5 sobre 10 en la evaluación de Fairwork. No es un techo inalcanzable: son estándares de trabajo decente que cualquier operación nueva puede adoptar desde el día uno.

Lo que falta: inglés, escala y un Estado que entienda lo que está en juego

Paraguay tiene las condiciones para ser un hub de anotación de datos. Pero tiene tres problemas concretos que resolver.

El primero es el inglés. El país ocupa el puesto 43 en el EF English Proficiency Index global, con un puntaje de 531 —nivel moderado—. Es el mejor del grupo comparativo regional (Colombia tiene 480, México 440), pero no alcanza para operaciones bilingües a gran escala. El puntaje sube a 582 en el sector IT y a 563 en Asunción, lo que permite operaciones pequeñas con supervisión bilingüe importada. Pero si Paraguay aspira a competir por contratos de RLHF en inglés —el segmento mejor pago de la industria— necesita un plan agresivo de formación. Las becas del MITIC y los bootcamps del SNPP existen, pero no están articulados con una estrategia de inserción en cadenas globales de valor digital.

El segundo es la escala. Con 6.5 millones de habitantes, Paraguay no va a competir por volumen contra Colombia (52 millones) o México (128 millones). Lo que puede ofrecer es calidad y estabilidad: una operación de 200 a 500 anotadores bien pagados, con formación continua, contratos formales y condiciones laborales dignas. Eso es exactamente lo que falta en los hubs masificados, donde la rotación de personal es un problema crónico que encarece el reclutamiento y degrada la calidad del etiquetado. Paraguay puede ser el país donde una empresa de anotación construye una reputación de excelencia, no de explotación.

El tercero es el Estado. La Ley de Maquila existe, pero ¿sabe REDIEX vender servicios de anotación de datos? ¿Conocen las agencias de promoción de inversiones lo que es el RLHF? ¿Tiene el MITIC una hoja de ruta para atraer operaciones de datos? El proceso de apertura del sector eléctrico demuestra que Paraguay puede moverse rápido cuando entiende la oportunidad. Pero la anotación de datos no es un data center de 40.000 millones de dólares con alfombra roja diplomática. Es una industria más modesta, más silenciosa y —bien hecha— más distribuida.

El panorama tiene una ironía de fondo. El análisis sobre los costos reales de la IA demuestra, con números, que la inteligencia artificial está quemando presupuestos a un ritmo insostenible. Uber agotó el suyo en cuatro meses. Starbucks eliminó su sistema de IA porque funcionaba peor que un humano. La burbuja de la IA se sostiene, en parte, sobre la promesa de que reemplazar humanos con máquinas va a ser más barato. Pero mientras tanto, la misma industria depende de ejércitos de humanos mal pagados para seguir funcionando.

Paraguay puede insertarse en esa contradicción como un país que ofrece algo distinto: trabajo digital con estándares decentes, costos competitivos y la electricidad más barata del hemisferio. O puede ser un país más en la cadena de explotación del ghost work global. La diferencia no la va a hacer el mercado solo. La va a hacer —o no— un Estado que entienda lo que está en juego antes de que otro país de la región ocupe ese lugar.

Fuentes