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Por qué Taiwán no fabrica semiconductores en Paraguay

Una sola empresa fabrica más del 90% de los chips más avanzados del mundo. Se llama TSMC, está en Taiwán, y facturó 122 mil millones de dólares en 2025. NVIDIA, Apple, AMD, Qualcomm —todas dependen de una isla de 36.000 kilómetros cuadrados para existir. El mundo entero aprendió esta lección durante la pandemia: cuando las fábricas de chips se frenan, todo lo demás se frena con ellas.

Paraguay es el último aliado diplomático de Taiwán en Sudamérica. Juntos firmaron Yguazú Digital, un centro de datos de inteligencia artificial de 200 millones de dólares. Taiwán le prestó 400 millones a Paraguay en décadas de cooperación. Paraguay tiene la electricidad industrial más barata de Sudamérica, el Acuífero Guaraní —la segunda reserva de agua dulce del planeta— y un régimen de maquila que grava las exportaciones tecnológicas al 1%. Las condiciones, sobre el papel, parecen diseñadas para atraer semiconductores.

Sin embargo, Taiwán está construyendo fábricas de chips en Arizona, en Kumamoto, en Dresde. En Paraguay no hay ninguna. Ni siquiera un anuncio. Este artículo explica por qué.

TSMC: la fábrica de la que depende el mundo

TSMC no vende productos. Fabrica los chips que otras empresas diseñan. Es lo que la industria llama una fundición pura —”pure-play foundry”— y controla aproximadamente el 70% de ese mercado global. En los nodos más avanzados —7 nanómetros, 5 nanómetros, 3 nanómetros— la proporción supera el 90%.

Para ponerlo en perspectiva: los GPU H100 y B200 de NVIDIA, que entrenan los modelos de inteligencia artificial más grandes del mundo, los procesadores M4 de Apple, los chips que corren en los centros de datos de Google y Amazon —todos salen de fábricas de TSMC. La empresa tiene plantas en Taiwán, Estados Unidos (Arizona), Japón (Kumamoto), China (Shanghai, Nanjing) y Singapur —aunque la gran mayoría de su capacidad avanzada sigue concentrada en la isla.

Esta concentración geográfica extrema tiene un nombre: el Silicon Shield. La lógica es que el mundo es tan dependiente de los chips taiwaneses que ninguna potencia —ni siquiera China— se atrevería a interrumpir su producción. Taiwan Semiconductor es, al mismo tiempo, una empresa y un activo de defensa nacional. La presidenta Tsai Ing-wen, y el gobierno taiwanés en general, consideran a la industria de semiconductores “la montaña divina que protege a la nación”.

Pero el Silicon Shield tiene grietas. La sequía de 2021 en Taiwán obligó a TSMC a transportar agua en camiones para mantener sus fábricas operando. Una sola planta de semiconductores consume entre 7 y 15 millones de litros de agua por día —el equivalente a una ciudad de 40.000 personas. Taiwán, una isla de 36.000 kilómetros cuadrados con 23 millones de habitantes, tiene límites físicos que ninguna innovación puede eludir.

La diversificación que sí está pasando (y por qué Paraguay no aparece)

Taiwán no esperó a que el Silicon Shield se rompiera para moverse. En los últimos tres años, TSMC anunció la expansión más agresiva de su historia fuera de la isla.

En Arizona, Estados Unidos, el plan de inversión acumulado supera los 165 mil millones de dólares. Seis fábricas, dos centros de empaquetado, un centro de investigación. La primera produce chips de 4 nanómetros desde 2025. La tercera, planeada para 2029, fabricará en 2 nanómetros —una generación por detrás de lo que TSMC produce en Taiwán, cumpliendo con la “regla N-1” que la empresa aplica sistemáticamente para proteger el liderazgo tecnológico de la isla.

En Kumamoto, Japón, la inversión conjunta con Sony, Denso y Toyota supera los 22 mil millones de dólares. La primera planta abrió en diciembre de 2024 y fabrica chips maduros de 12 a 28 nanómetros. La segunda, prevista para 2027, llegará a 6 nanómetros.

En Dresde, Alemania, TSMC se asoció con Bosch, Infineon y NXP en una planta de más de 10 mil millones de euros, financiada en parte por 5 mil millones de subsidios del gobierno alemán.

Y en ningún lugar de América Latina. La razón es simple: una fábrica de semiconductores de vanguardia cuesta entre 15 y 20 mil millones de dólares. Requiere entre 100 y 400 megavatios de suministro eléctrico ininterrumpido, miles de ingenieros especializados, agua ultrapura en cantidades industriales, y una cadena de proveedores que incluye desde gases especiales hasta equipos de litografía ultravioleta extrema que pueden costar hasta 340 millones de dólares por unidad —y que solo fabrica ASML, en los Países Bajos.

El backend —las etapas de ensamblaje, prueba y empaquetado, menos intensivas en capital y tecnología— sí se está moviendo al sudeste asiático. Malasia, Vietnam y Filipinas alojan plantas de ASE, Amkor e Intel. Pero América del Sur, por ahora, ni siquiera figura en el mapa.

Lo que Paraguay tiene (que es más de lo que parece)

Paraguay tiene cosas que ningún otro país de la región puede ofrecer en la misma combinación.

Energía. Itaipú genera 14.000 megavatios. Paraguay consume apenas una fracción —aproximadamente 3.800 megavatios en los picos de demanda— y exporta el resto a Brasil a precios que no cubren el costo real de generación. El país produce ocho veces más electricidad de la que consume, 100% hidroeléctrica. El precio industrial está entre 0.03 y 0.05 dólares por kilovatio-hora, el más bajo de Sudamérica.

TSMC consume aproximadamente 15 teravatios-hora por año. Esa cifra es la mitad del consumo total de Paraguay en 2025. Dicho de otra manera: Paraguay genera el excedente energético suficiente para alimentar a TSMC sin tocar su consumo doméstico.

En Taiwán, la misma empresa es el mayor consumidor individual de electricidad del país. TSMC representó aproximadamente el 5% del consumo eléctrico total de Taiwán en 2024, una proporción que crece con cada nueva generación de chips. Cada nueva fábrica en Arizona o Japón resuelve, entre otras cosas, un problema eléctrico.

Agua. Debajo de Paraguay está el Acuífero Guaraní, la segunda reserva de agua dulce subterránea más grande del mundo, compartida con Brasil, Argentina y Uruguay. Una fábrica de semiconductores necesita agua ultrapura —más limpia que el agua potable— para lavar las obleas de silicio entre cada una de las docenas de etapas del proceso de fabricación. En 2021, una sequía en Taiwán forzó a TSMC a negociar con agricultores locales por el acceso al agua. Ese tipo de competencia por recursos no existe en Paraguay.

Impuestos. El régimen de maquila paraguayo grava los servicios y manufacturas exportados al 1% sobre el valor agregado. El sistema tributario es territorial: solo se pagan impuestos sobre ingresos generados dentro del país. El impuesto corporativo general es del 10%. Si una empresa taiwanesa de semiconductores quisiera instalar una planta de ensamblaje y prueba —la etapa menos intensiva en capital de la cadena— Paraguay es, en términos impositivos, más atractivo que Taiwán, Estados Unidos o Alemania.

Tierra y ubicación. El precio del suelo industrial en Paraguay es una fracción del de Taiwán, donde el espacio es escaso y caro. Paraguay está dentro del Mercosur, lo que le da acceso libre de aranceles a un mercado de 295 millones de personas. Y, quizás más importante en términos geopolíticos, está a 20.000 kilómetros de Pekín.

Aliado diplomático. Paraguay es el único país de Sudamérica que reconoce a Taiwán. La relación cumplió 69 años en 2026. El intercambio comercial supera los 340 millones de dólares anuales. Taiwán es el quinto destino de exportación de Paraguay. La Universidad Politécnica Taiwán-Paraguay ya graduó a más de 120 ingenieros, y su nuevo campus en Luque está en construcción. Dos foros de tecnología bilateral —en 2024 y 2025— incluyeron delegados de TSMC en las discusiones.

Lo que Paraguay no tiene (que es más de lo que admite)

La lista de lo que falta es más larga, y cada ítem es un obstáculo real.

La red eléctrica. La Administración Nacional de Electricidad opera una red de transmisión con un techo de aproximadamente 1.700 megavatios y pérdidas de distribución del 31% —casi tres veces el promedio regional. Una sola fábrica de semiconductores de vanguardia consume entre 100 y 400 megavatios de potencia constante, sin interrupciones. La red de ANDE no puede garantizar ese suministro. No es un problema de generación —Paraguay genera de sobra— sino de transmisión: la electricidad está en Itaipú, a 300 kilómetros de Asunción, y la red de transmisión de Paraguay no tiene líneas de 500 kilovoltios que la lleven a donde se necesitaría.

Cero fuerza laboral especializada. Paraguay no tiene una sola planta de manufactura electrónica. No hay ingenieros con experiencia en procesos de fabricación de semiconductores. No hay técnicos que sepan operar equipos de litografía, deposición química o grabado por plasma. La Universidad Politécnica Taiwán-Paraguay ofrece cuatro programas de ingeniería —todos importantes— pero ninguno específicamente en microelectrónica o ciencia de materiales. La comparación es brutal: TSMC emplea más de 80.000 personas, la mayoría ingenieros con maestrías y doctorados. Paraguay produce entre 400 y 600 graduados en informática por año, en todas las universidades del país juntas.

Sin ecosistema de proveedores. Una fábrica de semiconductores no es una isla. Requiere una cadena de suministro que incluye gases de alta pureza (Air Liquide, Linde), productos químicos especializados (JSR, Shin-Etsu), equipos de precisión (ASML, Applied Materials, Lam Research, Tokyo Electron), y servicios de mantenimiento que no existen en Paraguay ni en un radio de 1.000 kilómetros. En Hsinchu, Taiwán, los proveedores están a minutos de las fábricas. En Paraguay, estarían a un vuelo transoceánico.

Sin mercado interno. Taiwán tiene 23 millones de habitantes, una economía de un billón de dólares, y un ecosistema de diseño de chips que incluye a MediaTek, Realtek y Novatek. Paraguay tiene 6,5 millones de habitantes y un PIB de aproximadamente 45 mil millones de dólares. No hay empresas paraguayas que diseñen semiconductores. No hay demanda local que justifique una planta. Cualquier inversión tendría que orientarse 100% a la exportación, lo que aumenta el riesgo y la dependencia de acuerdos comerciales internacionales.

El camino que sí podría recorrerse

Hay un camino intermedio que ningún análisis serio debería descartar. No es una fábrica de chips de vanguardia. Es una planta de ensamblaje, prueba y empaquetado —lo que la industria llama OSAT, por sus siglas en inglés: Outsourced Semiconductor Assembly and Test.

El backend de los semiconductores es menos intensivo en capital que el frontend. Una planta OSAT cuesta entre 500 millones y 2.000 millones de dólares, no 15.000. Consume menos agua, menos electricidad y requiere menos ingenieros con doctorados. Es la etapa de la cadena que Malasia, Vietnam y Filipinas ya están capturando, y que América Latina —con la excepción de las antiguas operaciones de Intel en Costa Rica, que cerraron en 2014— ha ignorado sistemáticamente.

ASE Technology, la empresa taiwanesa número uno mundial en ensamblaje y prueba de semiconductores, tiene plantas en Taiwán, China, Corea, Japón, Malasia y Singapur. Foxconn, el mayor fabricante de electrónicos por contrato y socio estratégico de Taiwán, está explorando México, India y Vietnam para nuevas plantas. Paraguay compite con esos países, no con Arizona.

La ventana existe. El programa Pax Silica, impulsado por el Departamento de Estado de Estados Unidos, busca explícitamente construir cadenas de suministro tecnológicas en países aliados. Estados Unidos y Taiwán negociaron en 2026 un acuerdo de garantías crediticias para que empresas taiwanesas de chips expandan su presencia en países aliados. Paraguay califica en lo diplomático. No califica —todavía— en lo técnico.

Para que Paraguay entre al mapa de los semiconductores, necesitaría tres cosas. La primera es una línea de transmisión dedicada desde Itaipú que garantice energía ininterrumpida —algo que la ANDE no puede ofrecer con su infraestructura actual. La segunda es un programa de formación técnica en microelectrónica, probablemente en alianza con la Universidad Politécnica Taiwán-Paraguay, que forme a los primeros cientos de técnicos e ingenieros en procesos de manufactura electrónica. La tercera es un acuerdo bilateral con Taiwán que vaya más allá de los centros de datos —Yguazú Digital es procesamiento, no fabricación— y que ofrezca incentivos específicos para la industria de semiconductores.

Ninguna de esas tres cosas existe hoy. Pero tampoco existía, hace cinco años, la idea de que Paraguay podría alojar uno de los centros de datos de inteligencia artificial más grandes del mundo. Y sin embargo, Yguazú Digital está en construcción.

La pregunta no es si Paraguay puede competir con TSMC en 3 nanómetros. No puede. La pregunta es si puede competir con Malasia en ensamblaje de chips. Y la respuesta, como en casi todo lo que rodea a la inteligencia artificial en Paraguay, es que depende de si el país decide construir lo que todavía no tiene: infraestructura de transmisión, capital humano calificado y un marco regulatorio que le dé a un inversionista taiwanés la certeza de que su planta no se va a quedar sin electricidad un jueves a las tres de la tarde.

Leé la guía completa de geopolítica tecnológica en la guía de inteligencia artificial en Paraguay.

Fuentes

CS

César Sánchez

Analista de inteligencia artificial desde Paraguay. Consultor en automatización con IA generativa, anotación de datos y desarrollo de soluciones basadas en IA. Creador de muchotexto.net.