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De la soja al silicio: el plan de Paraguay para cambiar su matriz exportadora

En 2022, una sequía redujo la cosecha de soja paraguaya en un 60%. Las exportaciones se desplomaron. El PIB creció 0.1% en vez del 4% proyectado. Un solo producto, un solo evento climático, un país entero frenado. Ese episodio no fue una anomalía: fue una radiografía. Paraguay exporta 17.314 millones de dólares al año, de los cuales el complejo soja representa el 51% y la carne bovina otro 17%. Dos productos concentran más de dos tercios de las divisas que ingresan al país. Y Brasil compra el 36% de todo lo que Paraguay vende al mundo.

La pregunta no es si Paraguay debería diversificar su matriz exportadora. La pregunta es si puede, en cuánto tiempo y a qué costo. Cinco países —Costa Rica, Irlanda, Estonia, Israel y Corea del Sur— hicieron ese salto en las últimas décadas. Todos partieron de economías agrícolas o devastadas. Todos tardaron entre 15 y 40 años. Todos invirtieron en lo mismo: educación, estabilidad fiscal, agencias de inversión profesionalizadas y una empresa ancla extranjera que hizo de disparador. Paraguay ya tiene parte de esa infraestructura. Lo que no tiene es tiempo ilimitado: en enero de 2027 vence el Anexo C del Tratado de Itaipú y se libera una cantidad de energía que puede cambiarlo todo.

51% soja, 36% Brasil: la doble dependencia que define a Paraguay

La matriz exportadora paraguaya tiene dos concentraciones que se superponen. La primera es de producto: soja en grano (30%), harina de soja (15%), carne congelada (11%) y aceite de soja (6%). Los primeros tres productos suman el 56% de las exportaciones. El índice Herfindahl-Hirschman —que mide concentración de mercado— se sitúa entre 1.300 y 1.500, un valor que los economistas consideran concentración moderada-alta. Traducido: Paraguay depende de lo que valga la soja en Chicago y de si llueve o no en el Alto Paraná.

La segunda concentración es geográfica. Brasil recibe el 36.3% de las exportaciones, Argentina el 18.9% y Chile el 11.5%. El Mercosur en su conjunto: 57%. Esta dependencia se profundizó en la última década: Brasil pasó de comprar el 16% de las exportaciones paraguayas en 2014 al 36% en 2022. Cada crisis brasileña es una crisis paraguaya.

La estructura no se diversificó en los últimos veinte años; al contrario, se re-primarizó. El boom de commodities de 2003-2013 reforzó la especialización en soja y carne, desplazando las manufacturas incipientes. La agricultura pasó de emplear al 27% de la fuerza laboral a generar solo el 11% del PIB —la productividad del campo fuera del agronegocio mecanizado es bajísima—. Las manufacturas representaban el 5% de las exportaciones en 1986 y siguen en el 5% hoy. El algodón, que fue el segundo producto de exportación en los años ochenta, prácticamente desapareció.

La vulnerabilidad es cuantificable: cada 100 dólares de variación en el precio internacional de la soja impacta en aproximadamente 1.000 millones de dólares en exportaciones, asumiendo una cosecha de 10 millones de toneladas. En 2022, la sequía confirmó la magnitud del riesgo.

El índice de complejidad económica: lo que Paraguay exporta y lo que todavía no sabe hacer

El Economic Complexity Index (ECI), desarrollado por Harvard y el MIT, mide cuán diversa y sofisticada es la canasta exportadora de un país. Paraguay tiene un ECI de -0.56, ubicándose alrededor del puesto 105 entre 133 países. Es un valor negativo, pero con una tendencia que ningún otro país de la región puede mostrar: Paraguay mejoró 8 posiciones en los últimos diez años, mientras que Perú cayó 29, Chile perdió 4 y Costa Rica bajó 14.

¿Qué explica esa mejora? El crecimiento del régimen de maquila. Las exportaciones bajo este esquema pasaron de aproximadamente 300 millones de dólares en 2015 a más de 1.000 millones en 2023, con autopartes, confecciones, plásticos y aluminio como protagonistas. Empresas como Leoni, Fujikura Automotive y Yazaki operan en Paraguay fabricando arneses eléctricos para la industria automotriz global. Son productos de complejidad media que antes no existían en la canasta exportadora.

El espacio de producto —un mapa de qué tan cerca está un país de exportar bienes más complejos— muestra que Paraguay está en la periferia de baja complejidad, pero con algunos puentes construidos. Desde el cluster soja, el salto más cercano es hacia biodiesel, alimentos procesados y balanceados. Desde la maquila automotriz, hacia componentes eléctricos simples y manufacturas de plástico industrial. Desde la energía, hacia data centers, procesamiento electro-intensivo e hidrógeno verde. El problema es la distancia: los productos de alta complejidad —semiconductores, farmacéuticos avanzados, maquinaria de precisión— están demasiado lejos de lo que Paraguay sabe hacer hoy. La investigación y desarrollo en Paraguay representa el 0.1% del PIB, contra el 2.5% promedio de la OCDE y el 5% de Corea del Sur o Israel.

Lo que Costa Rica, Irlanda y Estonia ya hicieron y Paraguay puede copiar

Cinco países transformaron su matriz exportadora de materias primas a tecnología en las últimas décadas. Ninguno siguió el mismo camino, pero todos coincidieron en tres pilares: una agencia de inversión profesionalizada con autonomía del poder político, un incentivo fiscal focalizado y una inversión masiva en capital humano.

Costa Rica es el espejo más nítido para Paraguay. En 1997, Intel instaló una planta de microprocesadores en un país que hasta entonces exportaba café y banano. La agencia CINDE, fundada en 1982, pasó 15 años preparando el terreno: zonas francas con requisitos de exportación, educación bilingüe desde la abolición del ejército en 1949, estabilidad política. Hoy Costa Rica tiene un ECI positivo (+0.07), exporta dispositivos médicos y servicios corporativos por 33.680 millones de dólares, y la agricultura representa apenas el 5.5% de su PIB.

Irlanda lo hizo con un impuesto corporativo del 12.5% y la agencia IDA, que atrajo a Intel, Microsoft, Google y Apple. El documento fundacional —”Economic Development”, de T.K. Whitaker en 1958— planteó lo impensable para la época: abrir una economía agrícola y proteccionista al comercio y la inversión extranjera. Treinta años después, Irlanda crecía al 10% anual y era conocida como el Tigre Celta. Hoy las exportaciones de bienes superan los 208.000 millones de euros.

Estonia, con 1.37 millones de habitantes —cinco veces menos que Paraguay—, salió de la Unión Soviética en 1991 con una economía colapsada. En 15 años construyó el Estado digital más avanzado de Europa: identidad digital obligatoria, voto electrónico, 99% de trámites públicos en línea, y el programa e-Residency que permite a emprendedores de todo el mundo abrir empresas en Estonia sin poner un pie en el país. La clave fue Tiigrihüpe —”salto del tigre”—, un programa de 1996 que conectó todas las escuelas a internet y empezó a enseñar programación desde la primaria.

Israel creó el programa Yozma en 1993: 100 millones de dólares de co-inversión estatal en venture capital. El Estado igualaba la inversión de cualquier fondo extranjero, catalizando un ecosistema que hoy tiene la mayor densidad de startups per cápita del mundo. Corea del Sur tardó 25 años en pasar de un PIB per cápita de 103 dólares —más bajo que el de Ghana en 1962— a convertirse en el noveno exportador mundial, con los semiconductores representando el 40% de sus exportaciones.

El patrón es claro: todos invirtieron en capital humano antes del despegue, todos crearon una agencia de atracción de inversiones que sobrevivió a los cambios de gobierno, y todos usaron un incentivo fiscal como ancla inicial.

Servicios digitales al 97% de crecimiento: la semilla del silicio que ya brotó

Paraguay no empieza de cero. Los datos del Banco Central muestran que los servicios digitales crecieron un 97.2% interanual, alcanzando 329.9 millones de dólares. Es el rubro de servicios con mayor crecimiento relativo, muy por encima del turismo (+61.5%) o los transportes (+2.3%). Todavía representa apenas el 2.1% del total de exportaciones de bienes, pero duplicarse en un año no es un dato que se pueda ignorar.

La inversión extranjera directa alcanzó un récord histórico de 1.180 millones de dólares en 2025, según la CEPAL, con los centros de procesamiento de datos liderando los anuncios de nuevos proyectos. Yguazú Digital, el proyecto binacional con Taiwán, es el más ambicioso. X8Cloud, una empresa con sede en Los Ángeles, comprometió una inversión inicial de 250 millones de dólares para construir el data center de inteligencia artificial más grande de Sudamérica, escalando a entre 10.000 y 50.000 millones en 30 años. HIVE Digital Technologies ya opera un centro de datos en Valenzuela, migrando de minería de bitcoin hacia servicios de IA y computación de alto rendimiento. Gabriel Lamas, presidente de HIVE en Paraguay, lo resumió en una frase: “Estamos utilizando la energía limpia que se genera en Paraguay para transformarla en inteligencia.”

Del lado local, la Cámara de Software y TI (CISOFT) nuclea a 70 empresas y 20 instituciones aliadas. Startups como Autograph levantaron 2.6 millones de dólares de fondos estadounidenses. Reva y Fiweex operan en múltiples países de la región. Parcapy, la asociación de venture capital, articula encuentros con fondos internacionales como Sancor Seguro Ventures, Wayra de Telefónica y Galicia Ventures. KOGA, el laboratorio de innovación con 14 años de trayectoria en Asunción, ejecuta programas con Samsung, Tigo y Coca-Cola. A esto se suma el potencial de Paraguay en nichos como la anotación de datos para inteligencia artificial, donde los bajos costos operativos y la zona horaria alineada con Estados Unidos ofrecen una ventana de oportunidad.

El dato más revelador quizás sea este: el puntaje de inglés del sector IT paraguayo es de 582 en el EF English Proficiency Index, 51 puntos por encima del promedio nacional. Hay un núcleo de talento bilingüe que ya existe y que está exportando servicios.

Maquila 2.0, Distrito Digital y un ministerio que antes no existía

La infraestructura institucional para una transformación de la matriz exportadora se está construyendo. En septiembre de 2025, Paraguay promulgó la Ley 7547, una reforma integral del régimen de maquila que moderniza el marco original de 1997. El nuevo texto incluye explícitamente los servicios intangibles —software, datos, procesos digitales— como actividad maquiladora. El impuesto sigue siendo un único 1% sobre el valor agregado nacional, con exoneración total del impuesto a la renta empresarial y recuperación del IVA. Las empresas pueden constituirse en 72 horas a costo cero bajo el nuevo régimen de Empresas por Acciones Simplificadas.

El Ministerio de Tecnologías de la Información y Comunicación (MITIC) ejecuta la Agenda Digital Paraguay con un préstamo de 130 millones de dólares del BID. El programa tiene cuatro componentes: gobierno digital (32.6 millones), economía digital (29.6 millones), conectividad digital (47.9 millones) y fortalecimiento institucional. En concreto: más de 600 trámites digitalizados, 25.000 certificaciones en cursos TIC, 500 becas en especializaciones tecnológicas avanzadas, 100 startups incubadas a través del programa Innovando, 500 puntos de WiFi libre, un Data Center estatal en planificación y una Red Nacional de Fibra Óptica en desarrollo.

El ministro de Industria y Comercio, Marco Riquelme, declaró en junio de 2026: “Paraguay puede convertirse en un país desde donde se exporte inteligencia. Vamos a utilizar la energía que tenemos, procesarla en el país con el capital humano que estamos formando y, finalmente, exportar inteligencia al mundo.”

Quince años, 130 millones de dólares y un tratado que vence en 2027

En enero de 2027 vence el Anexo C del Tratado de Itaipú. Paraguay dejará de vender su excedente energético a Brasil a un precio fijo y dispondrá de entre 25 y 30 teravatios-hora anuales de electricidad limpia para consumir, exportar o transformar en el país —un cambio de reglas que la reciente apertura del sector eléctrico al capital privado ya empezó a preparar—. Esa cantidad de energía, a los precios industriales paraguayos de 0.045 dólares por kilovatio-hora, equivale a un activo estratégico que ningún otro país de la región puede igualar.

La ventana está abierta. Paraguay tiene la estabilidad macroeconómica que los cinco países exitosos tuvieron como precondición: deuda pública del 19.5% del PIB, grado de inversión otorgado por Moody’s en 2024, inflación controlada alrededor del 3.5% y un crecimiento del PIB proyectado en 3.8% para 2025. Tiene una población joven con mediana de 27 años y un sector de servicios digitales que creció 97% en un año. Tiene el régimen fiscal más competitivo de América Latina y una agenda digital financiada por el BID.

Lo que no tiene —y que los cinco países exitosos tardaron entre 15 y 40 años en construir— es una agencia de atracción de inversiones con la autonomía y los recursos de un CINDE o una IDA, una inversión en investigación y desarrollo que supere el 0.1% del PIB, y un sistema educativo que produzca ingenieros y técnicos al ritmo que la demanda de data centers y empresas tecnológicas va a exigir. También le falta —y esto es más difícil de medir pero igual de importante— la continuidad de políticas a través de los ciclos electorales. Estonia mantuvo su rumbo digital durante 15 años con gobiernos de distintos partidos. Irlanda sostuvo su impuesto corporativo bajo durante cuatro décadas. Costa Rica invirtió en educación desde 1869.

Paraguay tiene la energía más barata del hemisferio, la soja que financia el presente y una clase política que ya entendió que el futuro no se siembra. Pero entre entenderlo y hacerlo hay quince años de políticas consistentes, inversión en capital humano y la decisión de no cambiar de rumbo cada cinco años. Los cinco países que hicieron el salto lo lograron no porque tuvieran un plan perfecto, sino porque no lo abandonaron.

Fuentes